25 de Febrero de 2021

Las nuevas enseñanzas de Paquita la del Barrio

Las nuevas enseñanzas de Paquita la del Barrio

Por: Ernesto López Portillo.- “Yo no sé a qué vengo aquí” y “Yo sólo sé que hay personas atrás de mí que son las que me van a enseñar a cómo manejar este asunto”, declaró la popular cantante Paquita la del Barrio cuando a finales de enero presentó su candidatura a diputada por Movimiento Ciudadano. Se agradece la franqueza de la mujer y la pregunta obligada es cuántas personas candidatas a todo tipo de cargos por todo el país piensan igual y no lo dicen.

Ella repite y repite “tres veces te engañé” en una de sus más famosas canciones; pero ciertamente en ese evento acaso fue la persona más honesta de todas las que compiten por un cargo de elección popular. Puede parecer una mera anécdota para chacotear, pero creo que es mucho más que eso. Sin pudor alguno, ella reconoce que competirá por una diputación local sin tener idea de “cómo manejar este asunto”.

Si quienes viven de la política generalmente merecen el mayor descrédito, al igual que los partidos políticos, seguramente habrá quien piensa que lo de menos es que Paquita la del Barrio sea mejor cantante que diputada. Y habrá muchas personas convencidas de que si la política ha dejado al país como está, es mejor que vengan a gobernar quienes no saben nada de política (de hecho, en México y en muchos lugares del mundo, cada vez más y más personas en campañas hacen todo lo posible por ganar la confianza, precisamente tratando de convencer al público de que no son políticos).

¿Qué hacemos? Le aplaudimos a Paquita la del Barrio o mejor nos preguntamos si las personas candidatas deben saber o no algo que tenga que ver con el cargo de elección popular al que aspiran. Yo digo que aplaudamos de pie a la cantante, no solo por su franqueza, sino además por recordarnos que, bajo este diseño, acaso las campañas tienen poco o nada que ver con elegir a personas capaces de cumplir con una responsabilidad pública.

Escribiendo este texto, una brillante legisladora me recordó la urgencia de la profesionalización de la política, asumiendo que el electorado espera que las personas electas sean profesionales en lo que hacen, lo que no significa que saben de todo -imposible, desde luego-, sino que al menos abanderan alguna causa.

Por cierto, apenas tuve la oportunidad de participar en uno de los componentes de evaluación de un concurso de oposición para plazas de investigador(a) en seguridad ciudadana en San Lázaro, bajo un esquema de servicio civil de carrera orientado a vincular las decisiones de las y los diputados al conocimiento en la materia.

¿Pero quién cree en la profesionalización de la política y en la democracia? Poca gente, cada vez menos. Y precisamente sobre su descrédito se monta también la desconfianza hacia el conocimiento como soporte de las decisiones que afectan las políticas públicas. Para qué saber de esto o de lo otro; para qué la formación en alguna área del conocimiento asociada a esta o aquella política pública, si ese saber no ha servido más que para el beneficio de algunas personas, según esa narrativa.

Lo cierto es que ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre, como decía mi madre. El conocimiento formal no es la solución por sí misma, como tampoco lo es tirarlo a la basura. Personas con la más alta especialización en algo pueden ser la peor opción en un cargo público y personas sin formación alguna pueden ser la mejor. ¿Entonces qué hacemos?

La pregunta correcta para mi es un poco más compleja; yo creo que lo responsable en términos éticos y políticos es responder qué perfil se quiere en los cargos públicos para contextos específicos y, en particular, para acometerlos problemas más acuciantes.

Por ejemplo, habida cuenta de la crisis desfondada de violencias y violaciones graves a los derechos humanos en México, país que tiene regiones con más homicidios violentos que naciones en conflicto armado declarado, ¿queremos que gobiernen y legislen personas que quizá jamás han tenido contacto alguno con diagnósticos profundos, metodologías serias y buenas prácticas asociadas a la reducción de las violencias? ¿O queremos a personas que se lanzan al cargo para que les enseñen “cómo se maneja este asunto”?

Yo creo que el mínimo ético y político es que de alguna manera las personas candidatas den a conocer ideas convincentes para reducir las violencias. Y como los partidos políticos no están interesados en que así lo hagan, pues nos queda la vía ciudadana. Por qué no hacer una especie de examen público a las personas candidatas, haciéndoles preguntas por todos los medios posibles y tantas veces como sea necesario durante la campaña. Pocas preguntas para que no se diluya la presión social y que en efecto las respondan.

Por ejemplo: ¿Para qué sirve la seguridad ciudadana y cómo ayudará a construirla?  ¿Qué hará para impulsar la reconciliación entre la policía y la sociedad? ¿Qué hará diferente para contribuir a reducir el miedo, los riesgos y los daños contra las personas y su patrimonio? ¿Cómo impulsará la prevención social de las violencias y el delito? ¿Cómo promoverá la reducción de la impunidad? Y ¿qué materiales ha consultado para conocer el tema?

Si la o el candidato responde con generalidades, si evade utilizar evidencia para sostener lo que afirma, si repite las mismas respuestas que ya hemos escuchado, si le pide a alguien más que conteste o si por contender a un escaño en el poder legislativo cree que la seguridad ciudadana solo toca a los poderes ejecutivos, tache.

¿Puede haber mejores preguntas? Seguramente. ¿Pueden contestar lo que se les dé la gana y no pasa nada? Tal vez. ¿Puede no servir esto para nada? No lo creo. Un examen ciudadano así es mejor que solo mirar las campañas vacías de propuestas y sin credibilidad alguna. ¿O no?

Desde aquí mi agradecimiento a Paquita la del Barrio.

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Nota: Lo escrito en las columnas que aparecen son responsabilidad de su autor, pueden o no coincidir con el criterio.

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